Instalación · Maikel Sotomayor
El paisaje como herida abierta, como archipiélago de recuerdos, como lugar donde la memoria del cuerpo se posa sobre la geografía y la interroga. Las instalaciones de Maikel Sotomayor habitan ese umbral: traducen procesos históricos de colonización y transculturación en atmósferas sensibles, donde la materia cotidiana se vuelve territorio simbólico, cultural y emocional.
Práctica de arte de instalación
En su trabajo de instalación, Maikel Sotomayor concibe el espacio expositivo como un cuerpo poroso que respira, recuerda y olvida. Cada proyecto es un dispositivo inmersivo donde convergen objetos encontrados, materiales orgánicos, documentos, restos del paisaje y fragmentos de relatos personales y colectivos. Nada aparece como decorativo: todo elemento funciona como huella, síntoma o resonancia.
Desde una perspectiva latinoamericana e insular, sus instalaciones se preguntan qué significa habitar territorios marcados por la colonización, el despojo y las migraciones forzadas. El paisaje deja de ser un fondo contemplativo para volverse una trama de fuerzas en disputa, donde se entrecruzan memorias íntimas y estructuras históricas.
Proceso
El proceso de trabajo de Maikel se inicia en el territorio, en un gesto de atención radical. Caminar, recolectar, escuchar y registrar se convierten en acciones fundamentales: recoger piedras, papeles, restos vegetales, testimonios orales, mapas obsoletos, fotografías familiares. Cada fragmento es una puerta potencial hacia una historia silenciada.
Estas derivas se traducen en esquemas, dibujos y maquetas que ensayan posibles configuraciones espaciales. En el estudio, los materiales son sometidos a operaciones mínimas —doblar, atar, suspender, apilar— que respetan su memoria de uso, pero los reubican en un nuevo orden poético. El montaje final se define en diálogo directo con la arquitectura del espacio, atendiendo a la circulación del cuerpo, la luz y el sonido.
Concepto
En el centro de su práctica aparece el paisaje como archivo vivo. No se trata de un escenario distante, sino de una constelación de gestos, violencias y afectos que se sedimentan en la tierra, el agua y la arquitectura. Sus instalaciones proponen una lectura crítica de esos estratos, haciendo visibles las capas de colonización, transculturación y resistencia que atraviesan el territorio latinoamericano e insular.
El artista trabaja con la noción de memoria como un tejido inestable, hecho de omisiones y desplazamientos. Más que reconstruir una versión fija del pasado, sus obras abren un campo de experiencia donde el espectador se sitúa entre ruinas y proyecciones, entre restos materiales y relatos fragmentarios. En ese intervalo, el paisaje se revela como un cuerpo político y emocional que nos mira de vuelta.
Los ojos de la orilla
En la serie “Los ojos de la orilla” Maikel Sotomayor fantasea con la posible reacción de las personas nativas de las islas del Caribe ante la llegada de expedicionarios europeos. Imagina la percepción de quienes aguardan en tierra, a la expectativa del arribo de esas figuras que se les acercan. Coloca el énfasis en el encuentro, el instante justo antes de acontecer, los momentos previos a los procesos de conquista. El paisaje en esta serie es más que contexto, es recipiente de información que llega hasta nuestros días. El paisaje es quien mira y recibe, es quien permanece sin estar ajeno al cambio. Por eso crea el artista imágenes un tanto espectrales. La bruma del recuerdo hoy se funde con la impresión que causa la imagen inédita, la presencia que emerge por primera vez ante los ojos del desconocido. A estas especulaciones sobre cómo pudo haber sido la percepción de estos grupos humanos y sus reacciones, se debe un lenguaje artístico que coquetea con el abstracto. Dibuja Sotomayor con aguadas, con la intención de simular las formas del agua, las formas diluidas, propias de ese paisaje que habita en la orilla.
Nayr López García






















